Antes de ascender al cielo, Jesús le dijo a sus discípulos: “Se me ha dado toda autoridad en el cielo y en la tierra. Por tanto, vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes.” Mateo 28:18-20

Esto es lo que se conoce como la Gran Comisión (no la “Gran Idea” o la “Gran Sugerencia”) y es de hecho un mandato dado por la mayor autoridad en el universo. No hay nadie por encima de él, a quien le fue dada toda la autoridad. Si el presidente de tu país o un alto mandatario te dijera que hicieras algo, lo más seguro es que correrías a hacerlo.

Bueno, pues aquí tenemos al primogénito de toda la creación, al alfa y omega, al Rey de Reyes y Señor de Señores, dándonos un mandamiento en 4 pasos:

1. Vayan
2. Hagan discípulos
3. Bautícenlos
4. Enséñenles

Pero antes de mirar esos 4 pasos, miremos la afirmación de Jesús de que toda autoridad le fue dada.

El evangelio de Mateo provee un curso rápido acerca de la autoridad y el poder de Jesús en sólo dos capítulos. Comenzando en el capítulo 7, Mateo muestra que Jesús tenía autoridad para:

  • Enseñar: “Cuando Jesús terminó de decir estas cosas, las multitudes se asombraron de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tenía autoridad, y no como los maestros de la ley.” (Mateo 7:28-29)
  • Sanar lepra: “Jesús extendió la mano y tocó al hombre. —Sí quiero —le dijo—. ¡Queda limpio! Y al instante quedó sano de la lepra. ”(Mateo 8:3)
  • Sanar todas las enfermedades y expulsar demonios: “Al atardecer, le llevaron muchos endemoniados, y con una sola palabra expulsó a los espíritus, y sanó a todos los enfermos.” (Mateo 8:16)
  • Someter la naturaleza: “Entonces se levantó y reprendió a los vientos y a las olas, y todo quedó completamente tranquilo. Los discípulos no salían de su asombro, y decían: «¿Qué clase de hombre es éste, que hasta los vientos y las olas le obedecen?» ” (Mateo 8:26b-27)
  • Perdonar pecados: “Pues para que sepan que el Hijo del hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados —se dirigió entonces al paralítico—: Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.” (Mateo 9:6)

Y esa autoridad nos ha sido dada como coherederos con Cristo. Tienes que darte cuenta y estar convencido de esto: nuestra herencia incluye el poder y la autoridad sobre el ámbito natural (enfermedad, elementos de la naturaleza) y el ámbito sobrenatural (demonios).

Efesios 2:6-7 dice que Dios “nos resucitó y nos hizo sentar con él en las regiones celestiales, para mostrar en los tiempos venideros la incomparable riqueza de su gracia, que por su bondad derramó sobre nosotros en Cristo Jesús.”

En el mundo físico, puedes estar sentado en una silla leyendo este artículo, pero como hijo e hija de Dios, en el mundo espiritual, estás sentado con Cristo en las regiones celestiales. Gracias a la muerte y resurrección de Cristo, el poder de Dios obra a través nuestro, dándonos la autoridad sobre las fuerzas espirituales, la enfermedad, la pobreza (y eventualmente las naciones).

Ahora, metámonos en las sandalias de los discípulos para entender lo que Jesús les dijo cuando les dio la Gran Comisión.

1. Vayan
Ya Jesús les había enseñado en el sermón del monte que ellos eran la sal de la tierra y la luz del mundo y que esa luz no se podía esconder. Cada uno de nosotros es una luz individual y juntos como iglesia somos una ciudad sobre una montaña. Pero una lámpara es más brillante en medio de la oscuridad, no entre otras luces.´

Este “vayan” implica entrar a los lugares de oscuridad y brillar con la luz de Jesús.

La religión en los días de Jesús (e incluso los judíos ortodoxos de hoy en día) enseñaba que había que seguir ritos y costumbres para no contaminarse con el mundo, para apartarse de los pecadores y mantenerse ritualmente puro. Pero Jesús cambió el paradigma. La Gran Comisión en Marcos dice,

Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. Marcos 16:15

La máxima autoridad en el universo te ordena que seas luz en todas partes, que tomes la iniciativa y vayas, que camines, que tomes acción. No hay campo para la pasividad en la Gran Comisión.

2. Hagan discípulos
Como judíos, los discípulos de Jesús tenían un entendimiento especial de lo que era hacer discípulos. Los judíos tenían tres niveles diferentes de educación. El primero era el Bet Sefer, de los 6 a los 12 años, donde leían e intentaban memorizar la Torá (La ley, los libros de Moisés). A los 12 años tenían el Bar mitzvah y eran considerados miembros de la comunidad. Sólo los mejores continuaban su educación, mientras que los demás aprendían el oficio de la familia (carpintería, pescar, etc.).

Para los mejores estudiantes, seguía el Bet Midrash. Los varones entre los 13 y los 15 seguían estudiando y memorizando la Tanach (el resto del Antiguo Testamento), a la vez que seguían aprendiendo el oficio de la familia. Ninguno de los discípulos de Jesús había llegado hasta esta etapa.

De los que terminaban el Bet Midrash, sólo los mejores eran seleccionados para seguir con el Bet Talmud, que iba de los 15 a los 30 años. Para entrar a esta etapa, el joven debía ser invitado por un rabino y comenzar un proceso en el que sería nombrado rabino a los 30. Aquellos escogidos eran llamados talmidim y literalmente imitaban a su maestro en todo, desde sus manerismos y su manera de comer hasta la hora de acostarse y levantarse. Pero lo más importante, ellos aprendían a estudiar la Ley y a entender a Dios exactamente como su rabino.

Jesús escogió a sus doce discípulos para su Bel Talmud, incluso cuando ni siquiera habían pasado por el Bet Midrash judío. Ellos vivieron con él y querían imitarlo en todo. Eran sus talmidim. Su entrenamiento fueron 3 años y no 15 años, pero su entrenamiento fue tan inspirador y poderoso, que estos discípulos cambiaron el mundo.

Nuestro discipulado no es para que la gente sea como nosotros sino como Jesús. Hacer discípulos es empoderar a otros para que sean transformados a la imagen de Cristo. Es llevar el amor de Dios Padre a quienes no lo conocen y afirmarlos en su verdadera identidad para que vivan conforme a lo que fueron creados.

¿Y cómo comenzamos a hacer discípulos, a hacer talmidim? Como empezaban los niños judíos, con la Palabra de Dios. Predicamos el evangelio y enseñamos las doctrinas básicas. Por eso el tercer paso es el bautismo.

3. Bautícenlos
El bautismo es una de las doctrinas básicas del cristianismo y representa nuestra unidad con Cristo en su muerte y su resurrección. Es a la vez una declaración pública de nuestra fe.

Y este paso es sencillo de explicar. Simplemente predica el evangelio de manera que quienes te escuchen tomen una decisión de fe de aceptar a Jesús como su Señor y Salvador y luego bautizarse.

4. Enséñenles
Lo ultimo que Jesús dice es, “enseñándoles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes”.

¿Y qué es lo que Jesús les había mandado? En Mateo 10:7-8, Jesús le mandó esto: “Vayan y anúncienles que el reino del cielo está cerca. Sanen a los enfermos, resuciten a los muertos, curen a los leprosos y expulsen a los demonios. ¡Den tan gratuitamente como han recibido!”

Con este mandamiento, el Señor les estaba dando autoridad, eso es, el derecho a ejercer el poder del Espíritu Santo a través del nombre de Jesús sobre la enfermedad, la muerte y los demonios.

Lo que más me gusta del estilo de enseñanza de Jesús es que él primero demostraba, luego enseñaba y luego le pedía a sus seguidores que hicieran lo mismo.

Entonces les dijo: «Vayan por todo el mundo y prediquen la Buena Noticia a todos. El que crea y sea bautizado será salvo, pero el que se niegue a creer, será condenado. Estas señales milagrosas acompañarán a los que creen: expulsarán demonios en mi nombre y hablarán nuevos idiomas. Podrán tomar serpientes en las manos sin que nada les pase y, si beben algo venenoso, no les hará daño. Pondrán sus manos sobre los enfermos, y ellos sanarán».
Marcos 16:15-18

La Gran Comisión es hacer las obras que hizo Jesús y aún mayores, como él prometió (Juan 14:12). Y luego enseñarle a otros a hacer lo mismo. Es (humanamente hablando) una misión imposible.

La meta del verdadero discipulado no es conocer la Biblia sino experimentar el amor y la verdad para ser como el autor de la Biblia. Discipular a otros no es compartir datos e información acerca de la Biblia y la teología, sino crear una cultura de fe donde lo natural sea lo sobrenatural.

Mi invitación hoy es que aceptemos la Gran Comisión del Señor y empecemos a hacer discípulos en las naciones, comenzando en tu ciudad.

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